Sólo, encogido en sí mismo, mira hacia la pared y llora.
Hace un rato que ella se ha ido de casa, aunque se marchó hace mucho. El adiós le ha dejado la boca amarga de tanta soledad. Cuando quiso decirle que era ella, el orgullo le ató las manos y le selló los labios. No pudo siquiera tocarla. El miedo de entregarse y sentirse perdido le alejó al fin. Y con él su corazón. Siempre pensaba en regalarle, de vez en cuando, una flor que la mantuviera cerca.
Pero las flores no hablan, y el miedo acaba con el amor. Siempre.
Hace un rato que ella se ha ido de casa, aunque se marchó hace mucho. El adiós le ha dejado la boca amarga de tanta soledad. Cuando quiso decirle que era ella, el orgullo le ató las manos y le selló los labios. No pudo siquiera tocarla. El miedo de entregarse y sentirse perdido le alejó al fin. Y con él su corazón. Siempre pensaba en regalarle, de vez en cuando, una flor que la mantuviera cerca.
Pero las flores no hablan, y el miedo acaba con el amor. Siempre.


3 comentarios:
El orgullo y el miedo no han dejado nacer tantas historias que podrían haber sido tan bonitas... quizá las definitivas. Y nunca podremos darle al rewind, nunca.
Veo que vas escudriñando por el blog, gracias por tu interés.
Es cierto, orgullo y miedo vienen a ser lo mismo: barreras de defensa que evitan lo que creemos que es daño y quizás sea amor.
Besos
Escudriñando escudriñando... aquí me tienes, me gusta lo que escribes y me he enganchado ;)
Besitos granaíno
Publicar un comentario