El trabajo, el máster, la televisión, el cine, la música, los libros, los videojuegos, el ocio, los amigos, la pareja, la familia, el coche, las ocupaciones, todo.
Lleno mi vida con cantidades ingentes de tiempo compartido. Con una lista de innumerables cosas por hacer. Asuntos en cartera, que tengo siempre en la agenda, que me mantienen ocupado en cualquier momento de soledad. Desde trabajo pendiente, a terminar de una puñetera vez el GTA San Andreas. Unas importantes y otras absurdas, nimias. Deberes inexcusables y otros provocados, que llenan el hueco que crea el tiempo.
Todo, menos tener un momento a solas, en silencio. Mil prioridades antes que pensar en mí. Que hacer balance. Que quedarme callado mientras la cabeza bulle. Cualquier excusa para no conocerme.
Hace tiempo que no me pregunto cómo estoy, cómo me va, o si soy feliz -aunque la expresión estar contento me parece más adecuada-. Me esquivo de una forma eficaz, y me doy cuenta de ello, pero me hago el loco.
Y cuando lo pienso, temo que pueda estar así un tiempo eterno, huyendo de mí mismo, de mi forma de ser, de mis deseos, de lo que quiero para mí en esta vida.
Un momento conmigo, mientras me quedo quieto, en silencio, me bastaría para darme cuenta de lo que necesito; para reubicarme y observar mi vida desde fuera; para ver la verdad y para decidir.
Pero yo no soy sólo yo, por que la cobardía me acompaña, y aún escribiendo estas líneas no me pregunto nada.


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