Paredes tras paredes, y más allá, paredes, todas tras otras derrumbada, para no dejar de ser obstáculos encadenados, sin fin, sin un límite visible. ¿Y si no lo hay? Mirando hacia atrás parece que esas paredes no son más que poder, y que las paredes que las siguen son poder heredado, o conseguido. Pero poder al fin y al cabo. ¿Y los valores? ¿Y la igualdad? ¿Y la autoexigencia, la integridad, la bondad y la generosidad? Es un ejercicio de cinismo acrobático, pasando de un trapecio a otro, con el dinero por red y el poder por carbonato de magnesio. Los bien llamados poderosos, bien llamados ricos, bien llamados déspotas, sanguinarios, crueles, asesinos, nos gobiernan. Deciden sobre nuestras vidas. No nosotros. Ellos. Tan profunda es la trama, tan amplios los tentáculos que ahogan o eliminan a quien intenta decir cualquier justicia. Tanto que la gente, la masa, el vulgo, cuando la oye, no lo cree. No da crédito. Y en su opiácea existencia, no quiere creerlo, no le conviene. Han provocado una decadencia continua y gradual de valores. Intentan extirpar la capacidad de pensar, lograr una fuerza de trabajo cada vez más pobre e ignorante. Y lo entán consiguiendo.
Demos ejemplo (¿En España? No lo creo). Cada vez con más ganas espero que nos alcemos en armas, no sé, si ya, contra cualquiera político, banquero, político. Lo llamaban comunismo. Lo llaman anarquía. Lo llaman como les conviene llamarlo. No. Se llama verdad y se llama justicia. Tenéis mis manos dispuestas.


1 comentario:
Como tú, creo que hay muchos que están dispuestos a poner sus manos. Pero necesitamos un líder que nos diga dónde ponerlas. Casi nadie quiere asumir esa carga.
Pesa mucho.
Y los que quieren asumirla no nos gustan.
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