20 de mayo de 2006

La sopera, la semilla de sésamo.

Con el tiempo todo acabo por recordarlo así: Un principio nítido, un final nítido y en el hueco central el resto de fotografías, sensaciones y sentimientos. Vivencias que echo al medio y machaco, emulando la mejor de las prensadoras.

Tengo mil, dos mil momentos en la Universidad, confundidos y recocinados en mi mente hasta formar todos un sólo día. Se mezclan entre medio de la primera borrachera -la primera vomitera-, el primer curso, el primer examen, el primer polvo, la primera casa, los primeros compañeros, el primer poema, la primera tarde, la primera primavera y, en la misma medida, el último invierno, los últimos días, el último examen, el último polvo, la última borrachera, los últimos abrazos, la última despedida, la última nota -un triste 6 en Derecho Civil IV-, y un montón de principios y finales que configuran los extremos de ese día, dejando una espesa nebulosa intermedia acerca de todo mi periplo en la ciudad de la Alhambra.

También tengo recuerdos que no caben en esos parámetros, que no se ajustan al día y la nebulosa; que se saltan mis propias reglas y que hacen de mi memoria su imperio, que se desbordan, que no me respetan. Recuerdos que, extendidos sobre el mantel, son la sopera, la gran paellera, descomunal, comparados con otros que apenas son una semilla de sésamo en la mesa de mi vida.

No he podido -sigo sin poder- decidir cuales son unos y cuales son otros. Cuál será la paellera para 12 y cuál el grano pegado en la servilleta. No puedo por que la vida es la que los ordena, nunca yo. A veces me sorprende como escoge; me demuestra que la importancia de todas las cosas es relativa; que un gran amor es humo que se llevó el viento cuando nada queda, que los agravios y el rencor son de mantequilla y se derriten al tacto, que, como dice Ismael, los viejos amigos te van traicionando; y que puedes sentirte contento con mirarte al espejo y reconocerte todas -o casi todas- las mañanas.

La vida ordenó en su momento que rigiera en mi cabeza, por encima de lo demás, la memoria de mi padre y mi madre, los recuerdos de mi infancia y adolescencia con ellos y la tragedia de su muerte.

Ese es el recuerdo que siempre gana. El recuerdo que domina, con látigo y a fuego. Y millones y millones de segundos al día sucede algo para que emane como un geiser, desde la presión de mi cerebro al exterior, en forma de vivencia marcada, descarnada, malherida, denostada, machacada y, al revés que sucede con el resto, nunca, nunca deformada; por que guardo como único cuadro perfecto de mi mente sus últimos días -mi padre inocente, tras el infarto, con la mirada de un niño, sin saber bien qué pasaba, y mi madre cansada, abatida por el esfuerzo de una guerra perdida contra el cáncer, resignada a lo inevitable-.

Por que guardo sus últimas sonrisas desde la cama del hospital diciéndome con la mirada te quiero. Y yo quedándome TAN solo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

A mi edad la memoria remota me cuenta mi vida "el olor de aquella buhardilla cuando tenía cuatro años", en cambio me traiciona la memoria próxima "me cuesta tanto recordar qué cené anteayer".

recuerdos jerarquizados: como internet, donde el amor es sólo una cara guay en el messenger que apetece sexo, el verdadero sexo se nos ofrecía en aquellos mails que nunca quisimos contestar y nunca lo sabremos, el amor verdadero se camuflaba en una amistad que nos aburría, y la amistad más fiel y descarnada se nos ocultaba tras una foto que no nos decía nada. Y así, hoy, nos hemos quedado sin nada.