Vivimos en un estado de constante tensión.
Uno va por la calle, tranquilito, mirando el césped de los parques, o los gorrioncillos que se posan gentiles sobre las ramas nuevas que crecen en la primavera, pero es justo ahí cuando se te corta el punto: Empiezas a cruzar miradas.
Me levanto con el pie derecho, me tomo mi leche con Cola-Cao, me acicalo y muevo mi culo hasta el curro: veinte minutos andandito.
No tengo que madrugar mucho; a eso de las nueve y cuarto el sol ya está pegando, y da gusto andar por la calle, huele bien. Me voy fijando en tonterías, contando las losetas de la acera, dándole vueltas a pensamientos manidos o dejando correr mi imaginación para variar -lo de hacerla volar lo dejo por norma para el subconsciente-. No diré tanto como Kevin Spacey en "American Beauty" -aquello de que la paja en la ducha era la mejor parte del día- pero voy a gustito, sin la impresión de ir al matadero.
Bueno, a lo que iba: En esas me ando todas las mañanas. Y también todas las mañanas me cruzo con multitud de gente -con algunas todos los días-. Ahí es cuando empiezo a preguntarme qué coño pasa; nos vemos con miedo. Así cómo podemos pensar en dejar de ser xenófobos, si estamos cagados con nosotros mismos. El que va con pintas por que va con pintas, y el que va con traje por que va con traje: todos te pueden hacer daño, todos son potenciales protagonistas de la matanza de Texas. Estoy seguro de que si dijera ¡Uhh! más de uno saldría despavorido.
Cuando me cruzo con alguien siento un dedo apretándome la frente, frunciéndome el ceño. Y es que no me sonríen, y claro, yo tampoco, por aquello de la cara de gilipollas que se te queda; pero ganas no me faltan, por que en realidad voy como unas castañuelas, queriendo saludar por doquier:
-Buenos días señora.
-Buenos días joven, vaya con Dios.
- A ese ni me lo nombre -bueno esto me lo callo, claro-.
Si es una chica joven la que me cruzo, de 16 a 20 años, te mira como un violador consumado; las de 20 a 24 como un salido baboso, y de ahí en adelante entran en juego más factores, pero la presunción de culpabilidad cae sobre uno de manera irremediable.
Así que voy siempre con la escopeta cargada por si las moscas -sí, soy humano y necesito cariño, reacciono bruscamente si no lo encuentro-. A veces me pasan cosas de las que me arrepiento; procuro desconectar tanto que no me doy cuenta de la gente que me rodea: le quito el sitio a las viejecitas en los autobuses, no dejo pasar antes a las embarazadas, no ayudo a cruzar la calle...un desastre. Y me pongo como un energúmeno cuando me pita un coche: se me hincha la vena del cuello, pero no la veo -digo yo que se me hinchará sin salir a la luz-, y me comporto todo lo contrario a como me gustaría hacerlo.
Si me véis por la calle saludadme con amabilidad, que no como -humanos-.


1 comentario:
Ja,ja,ja.. sí es cierto. Lo de que siempre te miran como delincuente. A ciertas edades el sexo en el hombre está prohibido. Imagian yo que soy omnidireccional. Me ha hecho gracia, pensaba que sólo eran impresiones mías.
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