Una vez se hacía de noche, la sensación de responsabilidad empezaba a ganarme, haciendo del resto del Domingo una lucha contra el reloj.
Por la tarde, quizás después de bajar a la playa, o de ir comer a algún restaurante en familia, toda mi felicidad pasaba por ver los payasos de la tele, Candy Candy, Remington Steel, Superagente 86, M.A.S.H., o cualquier otra serie que echasen a esas horas. Me tumbaba en la alfombra del salón, con las manos por detrás de la nuca, apoyando la cabeza, y me inbuía en lo mágico de la televisión, que suponía para mí, de pequeño, lo que ahora el cine: desconectar, dejarme llevar y olvidarme de todo.
Me transportaba lejos de la amenaza del lunes, o de las palabras de mi madre recordándome lo inevitable, "mañana hay cole", y yo era parte de los niños que gritaban ¡¡Bieeeeeen!! cuando Miliki preguntaba su famoso "cómo están ustedes" -en realidad también lo gritaba desde mi casa-; o alucinaba con el zapatófono del superagente 86 y lo torpísimo que era. La capacidad de asombro no tenía límites.
Claro que a eso de las ocho y media-nueve mi madre me reclamaba para cenar, y las cosas se ponían serias. Ahí es cuando veía, en mi ignorancia, estudio estadio, antes de ser de ningún equipo; antes de que mi tío Pepe me dijera un día, sin venir a qué y aprovechando mi inocencia: "Tú tienes que ser del Real Madrid", y yo obedeciera sin rechistar.
Ya con el pijama puesto y la sentencia de cama firmada, me iba al salón y soltaba la famosa frase "sólo cinco minutitos más", pedidos con voz de semi-llanto, alargando la "a" de "más", y poniendo ojos de cordero degollago. Minutitos que después se convertían en diez o quince; y veía, como las personas mayores, a Bruce Willis y Cybill Shepherd resolviendo casos y discutiendo sin parar en "Luz de Luna", o tarareaba la pegadiza melodía de entrada de "Canción triste de Hill Street", mientras me fijaba a la vez en la mirada de mi madre, que me hablaba sin tener que hacerlo, y que era razón inexcusable para irme a la cama y bajar definitivamente los brazos, ya totalmente vencido, pensando en la que se me venía encima el lunes a las ocho de la mañana.
Claro que todo esto responde a recuerdos mezclados, horarios dispares y mil contradicciones, pero, como dice Gabriel García Marquez, "La vida de uno lo es lo que sucedió, sino lo que uno recuerda y cómo lo recuerda". Qué razón tiene.


1 comentario:
Estábamos en conexión también a través de las ondas "televisivas".
Gracias por tu comentario fan número uno.
Publicar un comentario