La piel erizada de la espalda al paso de los dedos de un desconocido la hacía estremecer. Era una idea que retornaba a su cabeza sin acabar de irse; la pensaba en el metro, entre la gente anónima y sudorosa que, tan cerca, la acompañaba al trabajo. Ella aspiraba sus olores excitada, y se rozaba con los hombres esperando un tacto furtivo, una sensación de calor en su cuerpo. Buscaba una mano atrevida que captara su ansiedad y acudiera a socorrerla tocando sus muslos, posándose en sus nalgas, que empujaba hacia ellas dando la espalda, siempre, al cazador cazado. Encontraba, en el mejor de los casos, un bulto en la entrepierna del viajante que presionara cualquier parte de su anatomía derretida, de su ropa interior mojada.
El pensamiento seguía fijo en su mente adonde quiera que fuera, indeleble en su imaginación. Miraba hombres sin rostro, sin pasado, que se imaginaba a su espalda agarrándole las caderas sin dejarla marchar. Hombres todos dispuestos a satifacerla y llenarla de la piel caliente e hinchada que reclamaba su vientre, del destilado que tanto deseaba tener en su interior, en su boca, en sus manos, en todo su cuerpo. Quería sentir el escalofrío inesperado del hundimiento en su vacío.
Sentada en el trabajo, después de haberse quitado la ropa interior en el servicio, fantaseaba con subirse la falda y agacharse bajo su mesa, enseñando sólo sus piernas y su sexo, para ser poseída por cualquier empleado de la oficina, al que no miraría jamás a la cara, del que no querría saber jamás su nombre o reconocer su rostro, del que sólo quería notar su miembro y su semen dentro.
A las ocho ya no quedaba nadie en el departamento: sus compañeros se habían marchado hace tiempo ya, deseando quitarse el yugo del trabajo. Ella en cambio seguía sentada en la silla, en silencio. No sabía cuantos ni quienes quedaban aún en toda la oficina, pero suponía que pocos. La escena llevaba meses taladrada en su piel, en su cerebro, en los pliegues mojados de sus ingles, y el impulso de llevarla a cabo era cada día más fuerte, animado por la soledad que acompañaba el momento. Ardía de imaginarse desnuda arrodillada al borde de su mesa. Y esta tarde parecía la más solitaria de todas.
Las manos le temblaban sudorosas y con ellas todos su cuerpo. Estaba decidida a hacerlo, relegando el recelo a ser descubierta. Miró mil veces hacia todos los lados del departamento, sabiendo que no quedaba nadie, que los empleados que continuaban trabajando estaban al otro lado de la puerta, en el resto de la oficina. El miedo a ser reconocida estaba siendo aplastado por su ansiedad, por su excitación, que ordenaba a su corazón cabalgar a horcajadas y la empujaba a hacerlo. Se bajo la falda con lentitud y dejó que tocase sus pantorrillas hasta el suelo, disfrutando del momento. Ahora cualquiera podría entrar, y lo atendería sin nada, mojando la piel oscura de la silla. Ese pensamiento la excitó tanto como la evidencia de su desnudez: estaba dispuesta a todo. Sin apartar la falda de sus pies, introdujo la mano por debajo de su rebeca para soltar los enganches del sujetador. Notó como dejaba de hacerle presión, y lo arrastró hacia abajo hasta tenerlo en la mano y dejarlo encima de la mesa. Cualquiera podría verlo allí a su lado, sin poder apartar la vista de sus pechos, que se endurecían al tacto con la lana. Sólo la cubría ya la prenda de botones, que empezó a quitarse tímida, acosada de repente por el arrepentimiento, que se esfumó al mirar el cuero empapado de su asiento. Los desabrochó uno a uno, de arriba abajo, liberando con suavidad sus senos, que repuntaban turgentes desafiando la gravedad.
Ya estaba desnuda, sola y a la vista de cualquiera. El calor la recorría de arriba a abajo levantando, excitada, toda su piel. Escribió algo en un folio antes de bajar, que puso encima de la mesa, justo donde quería colocarse a gatas. Lo dobló y colocó con el texto de cara al visitante, como anunciando la noticia. La opacidad de la madera contribuiría a no delatarla, aunque sabía que estar en su propio puesto no iba a ayudarla a guardar el anonimato. Pero ya daba igual. La escena que tanto había imaginado se estaba haciendo realidad.
Miró de nuevo el papel y se colocó con lentitud debajo de la mesa, saboreando la imagen, sabiéndose desnuda y expuesta, excitada hasta el extremo y esperando la culminación de todo aquello, que le estaba proporcionando desde el principio una exaltación delirante, que desconocía y que la embriagaba. Tenía las piernas y las caderas fuera de la penumbra de la mesa, dejando a la luz su desnudez pidiendo auxilio, necesitando una respuesta definitiva. Aún pasaron unos minutos en que no oyó más que personas pasar al lado de la puerta, que hacían que el nudo del estómago se apretara todavía más, agitando su excitación, mientras no dejaba de tocarse y abrir su sexo a la vista de quien pudiese entrar. Se observaba sorprendida, lasciva y caliente. Quería un hombre.
Las bisagras de la puerta del departamento sonaron. No escuchó más ruidos que el de unos pasos acercándose despacio a su mesa y unas manos cogiendo el papel donde había escrito, a grandes letras y con rotulador permanente: “Cállate y métela”. De reojo distinguió unos zapatos oscuros de hombre, ocultando aún más la cabeza para no ser descubierta. Oyó como él cerraba con cuidado la puerta y colocaba el pestillo. Se acercaba. Escuchó la hebilla del cinturón castañear al quitarla de su sitio, y la cremallera de su pantalón sonar al abrirla. Estaba a su merced, deseando que ocurriera, oliendo el aire que él arrastraba consigo. Aunque lo esperaba, se estremeció al notar una mano caliente en la cadera, paseándose por sus nalgas y sus muslos, dando cuenta de los hilos que caían desde su sexo ahogado, que él se dedicaba a lamer y a esparcir por su piel. De repente lo sintió, absoluto, contundente. Aquel hombre hundió su miembro en ella con rotundidad hasta hacerlo desaparecer, guiado por la senda de agua preparada para él. No pudo evitar un grito quedo al recibirlo, reprimido por el miedo a ser descubierta. Él callaba, convirtiendo sus jadeos en respiraciones entrecortadas, mientras lo sacaba y lo introducía hasta la base agarrándola con fuerza, elevando el ritmo a cada sacudida. La colocó más agachada aún y empezó empujar con fiereza, rozando todo su fuego contra el sexo inflamado de ella, que se aferraba con fuerza a la moqueta de la habitación para no gritar de placer. Se apretaron el uno al otro en el momento preciso, dejando escapar jadeos silenciosos a la vez que se contraían todos sus músculos y él la llenaba por dentro como ella estaba rogando, mientras se deshacía respirando con la boca completamente abierta.
El pensamiento seguía fijo en su mente adonde quiera que fuera, indeleble en su imaginación. Miraba hombres sin rostro, sin pasado, que se imaginaba a su espalda agarrándole las caderas sin dejarla marchar. Hombres todos dispuestos a satifacerla y llenarla de la piel caliente e hinchada que reclamaba su vientre, del destilado que tanto deseaba tener en su interior, en su boca, en sus manos, en todo su cuerpo. Quería sentir el escalofrío inesperado del hundimiento en su vacío.
Sentada en el trabajo, después de haberse quitado la ropa interior en el servicio, fantaseaba con subirse la falda y agacharse bajo su mesa, enseñando sólo sus piernas y su sexo, para ser poseída por cualquier empleado de la oficina, al que no miraría jamás a la cara, del que no querría saber jamás su nombre o reconocer su rostro, del que sólo quería notar su miembro y su semen dentro.
A las ocho ya no quedaba nadie en el departamento: sus compañeros se habían marchado hace tiempo ya, deseando quitarse el yugo del trabajo. Ella en cambio seguía sentada en la silla, en silencio. No sabía cuantos ni quienes quedaban aún en toda la oficina, pero suponía que pocos. La escena llevaba meses taladrada en su piel, en su cerebro, en los pliegues mojados de sus ingles, y el impulso de llevarla a cabo era cada día más fuerte, animado por la soledad que acompañaba el momento. Ardía de imaginarse desnuda arrodillada al borde de su mesa. Y esta tarde parecía la más solitaria de todas.
Las manos le temblaban sudorosas y con ellas todos su cuerpo. Estaba decidida a hacerlo, relegando el recelo a ser descubierta. Miró mil veces hacia todos los lados del departamento, sabiendo que no quedaba nadie, que los empleados que continuaban trabajando estaban al otro lado de la puerta, en el resto de la oficina. El miedo a ser reconocida estaba siendo aplastado por su ansiedad, por su excitación, que ordenaba a su corazón cabalgar a horcajadas y la empujaba a hacerlo. Se bajo la falda con lentitud y dejó que tocase sus pantorrillas hasta el suelo, disfrutando del momento. Ahora cualquiera podría entrar, y lo atendería sin nada, mojando la piel oscura de la silla. Ese pensamiento la excitó tanto como la evidencia de su desnudez: estaba dispuesta a todo. Sin apartar la falda de sus pies, introdujo la mano por debajo de su rebeca para soltar los enganches del sujetador. Notó como dejaba de hacerle presión, y lo arrastró hacia abajo hasta tenerlo en la mano y dejarlo encima de la mesa. Cualquiera podría verlo allí a su lado, sin poder apartar la vista de sus pechos, que se endurecían al tacto con la lana. Sólo la cubría ya la prenda de botones, que empezó a quitarse tímida, acosada de repente por el arrepentimiento, que se esfumó al mirar el cuero empapado de su asiento. Los desabrochó uno a uno, de arriba abajo, liberando con suavidad sus senos, que repuntaban turgentes desafiando la gravedad.
Ya estaba desnuda, sola y a la vista de cualquiera. El calor la recorría de arriba a abajo levantando, excitada, toda su piel. Escribió algo en un folio antes de bajar, que puso encima de la mesa, justo donde quería colocarse a gatas. Lo dobló y colocó con el texto de cara al visitante, como anunciando la noticia. La opacidad de la madera contribuiría a no delatarla, aunque sabía que estar en su propio puesto no iba a ayudarla a guardar el anonimato. Pero ya daba igual. La escena que tanto había imaginado se estaba haciendo realidad.
Miró de nuevo el papel y se colocó con lentitud debajo de la mesa, saboreando la imagen, sabiéndose desnuda y expuesta, excitada hasta el extremo y esperando la culminación de todo aquello, que le estaba proporcionando desde el principio una exaltación delirante, que desconocía y que la embriagaba. Tenía las piernas y las caderas fuera de la penumbra de la mesa, dejando a la luz su desnudez pidiendo auxilio, necesitando una respuesta definitiva. Aún pasaron unos minutos en que no oyó más que personas pasar al lado de la puerta, que hacían que el nudo del estómago se apretara todavía más, agitando su excitación, mientras no dejaba de tocarse y abrir su sexo a la vista de quien pudiese entrar. Se observaba sorprendida, lasciva y caliente. Quería un hombre.
Las bisagras de la puerta del departamento sonaron. No escuchó más ruidos que el de unos pasos acercándose despacio a su mesa y unas manos cogiendo el papel donde había escrito, a grandes letras y con rotulador permanente: “Cállate y métela”. De reojo distinguió unos zapatos oscuros de hombre, ocultando aún más la cabeza para no ser descubierta. Oyó como él cerraba con cuidado la puerta y colocaba el pestillo. Se acercaba. Escuchó la hebilla del cinturón castañear al quitarla de su sitio, y la cremallera de su pantalón sonar al abrirla. Estaba a su merced, deseando que ocurriera, oliendo el aire que él arrastraba consigo. Aunque lo esperaba, se estremeció al notar una mano caliente en la cadera, paseándose por sus nalgas y sus muslos, dando cuenta de los hilos que caían desde su sexo ahogado, que él se dedicaba a lamer y a esparcir por su piel. De repente lo sintió, absoluto, contundente. Aquel hombre hundió su miembro en ella con rotundidad hasta hacerlo desaparecer, guiado por la senda de agua preparada para él. No pudo evitar un grito quedo al recibirlo, reprimido por el miedo a ser descubierta. Él callaba, convirtiendo sus jadeos en respiraciones entrecortadas, mientras lo sacaba y lo introducía hasta la base agarrándola con fuerza, elevando el ritmo a cada sacudida. La colocó más agachada aún y empezó empujar con fiereza, rozando todo su fuego contra el sexo inflamado de ella, que se aferraba con fuerza a la moqueta de la habitación para no gritar de placer. Se apretaron el uno al otro en el momento preciso, dejando escapar jadeos silenciosos a la vez que se contraían todos sus músculos y él la llenaba por dentro como ella estaba rogando, mientras se deshacía respirando con la boca completamente abierta.
No quiso moverse, estaba aterrada. Quería estar lejísimos de allí. Él miraba la profundidad de su sexo abierto manchando la moqueta con gotas de la mezcla obtenida. Lo escuchó levantarse y subirse los pantalones. Cerró la cremallera, apretó el cinturón y abrió el pestillo. Y se fue cerrando de nuevo la puerta del departamento, donde ella seguía sin moverse aguardando a quedarse sola. Ya sin nadie se puso la ropa interior, la falda y la rebeca y limpió la moqueta. Y se fijó en el papel, que seguía allí, en el mismo sitio, con una frase más escrita: “Estas historias no te suceden en el pueblo”.
. . .
PD: Relato érótico presentado al concurso "Karma Sensual 2". Muchas gracias a Sandra Becerril por publicitarlo en su blog.


26 comentarios:
brrrrrrrrrrr ¡es lo primero que se me a venido a la cabeza! ¡muy bueno!
Me alegro de hayas decidido presentarte a concursos! Yo también he mandado mi novela a uno. El relato fenomenal, como siempre.
Jué, vaya intensidad.
ehm, ahm...no, en la capital tampoco...¿o si?
ahhhhhhhhh me encanta el Maik!!!! y ya quiero ir a España!!!! pero con las broncas políticas por venir en mi México Lindo y Querido es necesario necesito quedarme porque no puedo dejar a mi país ahorita....te mando un abrazoooo y un tequilita se te antoja???
Oye, está buenísimo!! Ojalá ganes, te lo mereces de verdad
besos!
Intensamente bello.
Las palabras danzan ritmos de goce.
Que todo vaya eroticamente bien en el concurso.
Besos querido Pimentoso.
Con tanto talento en su poder como no ser mas bondadoso y compartirlo con mas personas para su deleite...
Mil felicitaciones.... y toda mi suerte para usted.-
Priscila.-
Me gustó. Buen final.
Para mi ya eres ganador.
Abrazo
Genial, fantástico, me ha electrizado y estoy en mi despacho... buffff quien no ha tenido algún pensamiento o algún afair de este tipo??? y el final, buenísimo... te felicito mike un besote
calma
Uau, me dejas sin palabras, muy bueno!!!!!!!!
ya sabes algo del concurso?
besines
^^
Buen ritmo y buen final...
Un beso.
Independientemente del estilo literario que me parece bueno, el relato en si me dejo absolutamente indiferente. No me gustaría para nada tener una relación sexual de ese tipo ni siendo el hombre, ni siendo la mujer y a veces me gusta ponerme en el lugar de ellas. Tampoco me excitaría la situación y no soy nada puritano. En fin es por contrastar un poco y de paso ser sincero, aunque nadie me ha dado vela en este entierro.
Saludos cordiales desde muy cerca.
que erótico maik..... el desenlace fué tal y como ella lo esperaba, aunque lo preliminar fuese mucho más lento..como a mí me gusta.
besitos y suerte.. que ganes!!!!!
Es bueno, quizá ganes... aunque ya hay muchos relatos eróticos sobre nifómanas y la oficina es un lugar muy típico. En fín, supongo que si el protagonista en vez de ser una ninfómana hubiese sido un ninfómano (el 90% de los hombres), hubiese sido algo guarro... y es que convertir a un salido en erotismo es muuuuy díficil, si Lo consigues, puede, entonces que ganes.
SALUDOS Y MUCHA SUERTE POÉTA.
Maik...erótismo puro, de verdad amigo , cada post tuyo es una sorpresa. Te felicito.
Un beso.
Espero que tengas toda la suerte que merece tener este relato Maik. Mi definición sería un susurro: "mmmmmmm" :))) :PP
Un beso,
Lena.
si ganas el concurso avisa. pa leerlo de nuevo con otra mirada.
Nunca estoy en el sitio adecuado en el momento adecuado. ¡A ver cuándo entro en una estancia y me encuentro con semejante espectáculo visual! ¿Será sólo en la ficción?
Un nuevo giro Maik, al menos desde que te leo. Es un relato intenso y muy gráfico, un retrato estupendo de lujuria. Me recordó a la excitante escena del tren de Madame Claude, en la que una mujer asomada a una ventanilla del pasillo del coche cama se deja seducir por la espalda por alguien desconocido.
Saludos.
Mucho de ti, mucha intensidad...q bueno q te hayas presentado a este concurso, q toda la mejor vibra este contigo, eres mágico.
Saludos.
Pedro, bueno, se hace lo que se puede. Saludos.
India, aún no se ha fallado, tienen haste el 30 de octubre, así que paciencia. De todas formas no creo que gane, ha sido un relato hecho a bote pronto, sin poder repasarlo a conciencia, y he ido encontrando fallos de estilo que he corregido osteriormente en el que ehe colgado aquí. Besos.
George, gracias amigo. Mira, al final me he presentado a algo, ¿Qué te parece? Saludos.
Jué Firenze, es que la situación lo pide. Besos.
Iralow, en la capital tampoco, no, pero la temática era "historias de mi pueblo" y como verás no sale ninguna vaca...algo tenía que poner. Besos urbanos.
Paul, venga ese tequila y ese México revuelto amigo, vaya cisco tenéis lisdo!!! Ánimo.
Sandra, gracias, aunque sé que las posobilidades son pocas. Besos y de nuevo gracias por ponerlo en el blog.
Malena cielo, gracias por tus palabras siempre delicadas. Muchos besos.
Priscila, eres un encanto, muchas gracias por tu amabilidad. Besos.
Clarice, y yo ya tengo el premio mayor con tus palabras. Besos.
Calma, perdiste tu nombre por un momento??? Qué honor. Con respuestas así merece la pena el esfuerzo -qué digo esfuerzo, el gusto-. Besos.
Stel, gracias. Se falla como muy tarde el 30 de octubre. También sé que no lo ganaré, pero me ha servido para desemplovar la prosa. Besos.
Gracias Lula, tus palabras valen doble, escritora.
Kray, pasa y ponte cómodo hombre, ya habrá alúno que te guste más. Saludos.
Lorena, también a mí me gusta recrearme, pero el límite eran 100 líneas, y hasta ahí lo tuve que acortar. Besos.
Chanchiss, totalmente de acuerdo. Si hubiera sido un tío el que la saca por la puerta del despacho hubiera atentado contra el estilo y la estética, aunque todo es posible, bien tratado. Besos.
Magga, gracias, bienvenida.
Oceánida, gracias, no lo creo, pero me sobra con vuestra lectura. Besos.
Daniellha, muchas gracias, a ver con qué puedo seguir sorprendiéndote. Besos.
Lena, gracias linda, vuestra lectura es lo que más me ha motivado. Besos.
Papelucho, bienvenido, eso que dices es un error en el que caemos todos, yo el primero. Los prejuicios. Saludos.
Luis, sinceramente, espero que no, espero que se dé también en la vida real -estoy seguro de que alguna vez se dio-. Abrazos amigo.
Zooey, no conozco el relato, pero me confirmas que está todo inventado, que es muy difícil ser original. Al menos espero que se lea sin mucho atragante. Un abrazo.
Aletniuq, gracias por tu apoyo. Lo único mágico son las palabras, aunque me encanta que lo menciones, por egoismo puro y duro. Besos.
No Maik, no es un relato, es una escena de una película francesa. Y no está todo inventado, es diferente al tuyo, sólo que me lo recordó.
Por supuesto, se lee perfectamente, está genial.
Un abrazo
Maik....me encanta...¡¡ Hay despachos con un ambiente laboral que luego se quejaran de motivación...
Es ràpido, impactante y te implica.
Qué más te puedes pedir....
Un beso,
Hilda
Te felicito,el relato está tratado con una temperatura turbadora, cuando menos. Espero que tengas suerte.
Un besín
divague..
esta super intenso el relato..
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