Veinte años de vida entre las siete colinas y tener mis raíces allí me legitiman para opinar como el que más. Por que he nacido en su tierra, por que he crecido en sus calles, y por que estoy enamorado de mi ciudad, aunque esté lejos de ella.

Me preocupa ver como los informativos a nivel nacional se han encargado de resaltar el tono racista de las chirigotas en Ceuta, sin entrar a valorar su origen, resguardándose en esa distancia que les aparta de los hechos y tomando como base la literalidad de los mismos, esto es, las letras de las chirigotas. Eso es tanto como ajustarse a lo que pone en la Biblia para poder interpretarla -nadie cree a estas alturas que Adán tuviera la hoja de parra levitando sobre su miembro todo el rato, claro que hay otros que se empeñan en llevar a la práctica todo lo escrito en el primer milenio-.
Con esto no estoy defendiendo ninguna declaración que vaya en contra de la integración y la igualdad de oportunidades, que es fundamento de la justicia social y por ende de su paz. Lo que hago es constatar que la realidad Ceutí es mucho más amplia y compleja que una letra de chirigota, que por otra parte debería haber pasado sin más, porque, ¿Estamos o no estamos en un Estado que ha consagrado en el artículo 20 de su constitución el Derecho Fundamental de Expresión? Después de los últimos acontecimientos me surgen las primeras dudas. No podemos medir el honor de los colectivos con distinto rasero sólo por que uno de ellos sea especialmente susceptible de verse ofendido.
No es justo dividir las poblaciones en colectivos según sus creencias, ahora bien, me fijo en la actualidad y veo que las diferencias entre culturas están marcadas en igual medida por las religiones que por el dinero.
En Ceuta, el único medio de queja de los ciudadanos -cristianos, hindúes y judíos- frente a la intimidación que sufre por parte de ciertos grupúsculos del colectivo musulmán, -de forma principal, aquellos relacionados con tráfico de drogas y actividades ilegales, que según declaraciones del señor diputado de la asamblea de Ceuta, Mustafá Mizzian, somos el 90 por ciento de los ceutíes-, es la letra de chirigota, con sus cuplés, sus pasodobles y su popurrí.
Mucho antes de incluirse en las chirigotas este tipo de letras, que no aportan nada a la búsqueda del entendimiento, quede clarísimo, en Ceuta han venido dándose sucesos como el apedreo anual al Cristo de Medinaceli a su paso por el príncipe -conste que no soy creyente-, la quema de la iglesia de San José de Hadú, y, de forma coetánea a los conflictos entre Israelíes y Palestinos, los ataques a la sinagoga ceutí, amén del estado de temor ya mencionado, y todo sin fijarnos en el preocuopante crecimiento del integrismo, que ha provocado que en la ciudad se creen escuelas de seguimiento de la SUNA, que viene a ser el conjunto de hábitos llevados a la práctica por Mahoma, pero llevado a extremos poco sanos, -algún amigo mío tendría mucho que decir al respecto de los métodos que tienen los imanes para aleccionar a los pobres críos-.
¿Cuánto daño más hará la religión a la civilación? No sabría decirlo. Lo que es seguro es que no viviré para ver el fin de sus efectos. Desde la inquisición hasta nuestro días, por establecer un periodo, han sido millones las personas que han muerto defendiendo algún dogma de fe. Y otros tantos millones los que lo han hecho víctimas de esa defensa. Cualquier extremismo aleja al desarrollo de un pueblo como la peste. Y la tolerancia de los que huimos de esos extremos nos convierte en sus principales blancos.
Creo que, para los malvados, la religión es sólo el medio; y la interpretan conforme a su conveniencia, cualquiera que sea su Dios.


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